Mt. Brewster – El mejor hike de Nueva Zelanda

Me levanto al olor del café y el calor de una buena chimenea -no existe un mejor despertar en invierno- Estoy en Wanaka, Isla sur de Nueva Zelanda. Mi amiga Kirsten me deja el sofá de su cabaña para pasar un par de días antes de seguir mi camino, rumbo norte.

 


Kirsten es una de las chicas más sencillas que he conocido, no tiene recovecos ni esquinas; transparente, sencilla, lo que ves es lo que hay, no busques. Le gusta “jugar” como ella dice. Que se traduce en hacer cualquier deporte que incluya disfrutar de la naturaleza: escalar, hacer alpinismo, speed flying, hiking… you name it.

Mientras desayunamos decidimos que vamos a subir la Montaña Brewster, uno de los hikes preferidos de Kirsten. A última hora, Pete, su nuevo compañero de casa, dice que se viene con nosotros. Pete es un chaval muy majo, escala y hace alpinismo. Habla de una forma pausada, sin sobresaltos, es de esa gente que es graciosa sin querer serlo, lo que lo hace doblemente gracioso. Transmite tranquilidad.

Por último también está Anna, una chica italiana que Kirsten y yo conocimos escalando en la isla norte. Anna está viajando alrededor del mundo durante un año. Ha hecho un pit-stop en NZ para trabajar y hacer un poquillo de $$$ antes de seguir rumbo al sudeste asiático. Está recorriendo la isla sur haciendo autostop y casualmente está en Wanaka estos días.

Así que de repente la casa está llena de actividad con un grupo de lo más variopinto preparando mochilas, comida, snaks, piolets, calcetines extra (gracias Forest Gump)… finalmente salimos a eso de las 11am. El ambiente es frío. El cielo está totalmente cubierto, gris. Aun así queda la posibilidad de que sean nubes bajas y allí arriba este todo despejado.

Llegamos a un valle, cruzamos un río y empezamos el camino. La subida es dura. Empinada y constante. Pete y Kirsten van por delante a un paso de locos, intentar seguirlos sería suicidio. Vamos atravesando un bosque denso, verde, de arboles retorcidos, musgo por todas partes. Encuentro mi ritmo. Disfruto. El cielo sigue cubierto pero no llueve. Después de dos horas y media llegamos a lo que parece ser la línea de nieve. Los árboles dan paso a arbustos pequeños, empiezan a entrar algunos rayos de sol. A lo lejos, un poco más arriba, veo a Pete y Kirsten dados la vuelta, mirando al infinito con ojos de satisfacción. Sea lo que sea lo que están viendo tiene que estar bien, pienso, muy bien. Llego a su altura me doy la vuelta y las vistas son espectaculares; todo el valle que hemos dejado abajo está cubierto de nubes, y a lo lejos, detrás de un manto blanco, sobresalen los picos nevados de los Alpes del Sur iluminados por un sol espléndido. Una maravilla.

24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster

 

24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster

 

24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster

El sol brilla sobre nosotros y nos da energía, literalmente. La mochila ya no pesa, las piernas van ligeras. Hemos cambiado el bosque denso y verde por un camino abierto de matorrales bajos con nieve en el suelo. Nos queda una media hora hasta llegar a la cabaña donde pasaremos la noche, y conforme seguimos subiendo aparece la Montaña Brewster en frente de nosotros. Blanca impoluta, imponente sobre las demás. Como diciendo “aquí reino yo”. No puedo dar 3 pasos sin levantar la cabeza, quiero absorber todo lo que me rodea. Después de 3 horas de subida llegamos a una llanura enorme. Y allí en medio está la cabaña donde vamos a dormir. A un lado Mt. Brewster. Al otro, los Alpes del Sur.

24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster

Dejamos las mochilas en las literas y salimos fuera a disfrutar de lo que nos rodea. Descansamos un rato. Recuerdo comer el plátano más rico que he tomado en mi vida. No me preguntéis por qué. ¡Qué sabor! Pero no me había acabado ese Bocatto di Cardinale y Kirsten y Pete ya estaban hablando de acercarnos al glaciar que hay en la base de la Montaña Brewster. Mis piernas ya estaban de vacaciones, pero no me iba a perder una expedición como esa en la vida. Con los crampones y el piolet en la mochila ponemos rumbo hacia Mt. Brewster, aquí ya no hay camino y uno pone el pie donde mejor le parece. Un desliz y el tortazo que te das monte abajo no es una broma. El sol ya está bajo y por cuestiones de timing no llegaremos al glacial. Pero estamos cerca y tenemos unas vistas privilegiadas, así que nos sentamos tranquilamente a observar, charlar un poco. Mucha paz. El sol se empieza a esconder a nuestra izquierda por detrás de los Alpes del Sur y con los colores del atardecer ponemos rumbo de vuelta a la cabaña, ¡y menuda vuelta! El ambiente era sencillamente precioso. Mt. Brewster no dejaba de cambiar de color; primero amarillo brillante, para pasar a unos tonos rosas  y finalmente naranjas, hasta que los últimos rayos de sol desaparecen y se vuelve azul grisácea. Creo que le hice unas 25 fotos. A la misma montaña. Pero las vistas en frente de nosotros son igualmente mágicas; el sol poniéndose detrás de las montañas, la silueta negra de la cabaña en medio de la llanura y los colores naranjas y negros envolviéndolo todo. Recuerdo llegar abajo con una gran sensación de paz y tranquilidad, con el alma llena de vida, si eso tiene algún sentido.


24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster
24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster
24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster
24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster
24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster
24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster

24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster

 

24 horas en Nueva Zelanda Mt. Brewster

 

 

Pero esto no iba a ser lo último que nos regalaría el día. Cocinamos pasta para un regimiento y cuando nos sentamos a comer Pete se saca de la manga (literalmente) ¡4 cervezas heladas! Si fuese tía le pido salir, pienso. Si el plátano me sentó bien imaginaros como bajaba esa cerveza. Comemos, bebemos, contamos historias, reímos. Salimos fuera a un cielo limpio y estrellado como ninguno, con un tercio de luna tan brillante que podíamos ver claramente los detalles del suelo nevado. La luna iba bajando en diagonal por el mismo sitio por donde se había puesto el sol horas antes. Y allí estamos sentados; barriga llena, corazón contento, millones de estrellas, absoluta tranquilidad, silencio total. No puedo recordar la última vez que escuché el sonido de nada. Quizás nunca. Vemos como la luna va bajando lentamente escondiéndose por detrás de las montañas centímetro a centímetro hasta que la última esquina, el último punto iluminado, desaparece. Seguimos en silencio, no queremos romper la atmósfera casi mística que nos rodea. Intentamos digerir la belleza de lo que acabábamos de ver.

Es difícil calificar estos días con adjetivos concretos. Al recordarlo no solo vienen imágenes, pero también emociones. Puedo volver a sentir las sensaciones de aquel día en el Mt. r, aquí sentado mientras escribo. Y eso no tiene precio. Pero mejor aun es la conclusión que me viene a la cabeza con una claridad pasmosa en el camino de vuelta: la naturaleza puede ayudar a elevar a una persona espiritualmente, pero nada alimenta más el alma que la compañía de buena gente.

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