Resulta que llevaba un tiempo queriendo adoptar un perro. Así que el jueves pasado iba en moto a ver una perrita en una protectora de Granollers. Y de repente veo como la aguja de la gasolina está bajando muy rápido.

Me paro en la gasolinera que hay cerca de mi casa, pido un destornillador prestado al gasolinero y abro la parte de dentro de la moto para ver si encontraba algo. No es que yo sepa mucho de mecánica… pero era por ver si había algo así fácilmente detectable. Efectivamente veo como de un tubo de plástico sale un chorrillo fino de gasolina disparado hacia fuera.

Y mientras estoy pensando qué hacer con este lío, se me acerca un chico, un poco mayor que yo, en torno a los 40 años. “¿Ey, tienes algún problema?”. Le cuento la película y se pone a echar un vistazo. Empezamos a hablar distendidamente, me cuenta que a él le gustan mucho las motos y que algo de mecánica sabe.

De repente tenemos un plan, la raja del tubo por la que se escapa la gasolina está muy cerca la otra parte, donde está enganchado el propio tubo, así que la idea es soltarlo, cortar el tubo hasta por encima de la raja y volver a enganchar. Pero el tubo está muy bien sujeto con una pinza de metal, y ahí que nos ponemos a intentar soltarlo; con unas tijeras, un boli, los dedos, y cualquier cosa que pudiéramos encontrar. Después de un rato, las cuatro manos por ahí danzando y probando diferentes cosas conseguimos soltarlo. Cortamos el tubo y con otro poco de maña lo volvemos a enganchar. En unos 20 minutos lo habíamos arreglado y la moto ya no perdía gasolina.

Y ahí que lo celebramos encantados de la vida, nos chocamos las manos como amigos de toda la vida, nos abrazamos…

“Walter eres un crack!!!”,
“Nada hermano, un placer”

Yo me voy más o menos rápido porque se hacía de noche y había quedado con la gente de la protectora. Y de camino en la moto iba super contento, con el corazón hinchado, una gran sensación de bienestar, no porque mi moto estaba de repente arreglada, que también, si no por la conexión y la complicidad que había generado con Walter, de repente, ¡con alguien que no conocía de nada!

Qué bonita es la humanidad, y qué amoroso es ayudar y recibir ayuda. Qué bonito es conectar con otro ser humano, sin esperar nada, solo por el placer de compartir, de mirarnos a los ojos y compartir un rato agradable. Y creo que esto es especialmente bonito cuando se da entre “desconocidos”, porque se supone que “no debería” de pasar, claro, es un desconocido. Pero en mi experiencia la gente es buena, igual que lo somos nosotros. Probablemente el ritmo frenético de la sociedad de hoy en día no nos permita tener el tiempo para que estas experiencias pasen, para poder dedicarle tiempo a ayudar y conectar con alguien desconocido. No por la duración de la experiencia, que puede ser de dos minutos, si no porque con la prisa habitual no estamos ni siquiera abiertos a que pase, ya tenemos claro nuestro siguiente movimiento. En mi experiencia, y en la de Walter, si bajamos el ritmo y nos abrimos a la posibilidad de conectar con “desconocidos” pasan cosas muy mágicas, sensaciones muy bonitas de bienestar y complicidad con lo que nos rodea.

Resulta que la perra y yo nos caímos muy bien y ya compartimos aventuras en casa. Lluna Walter se llama. Un recordatorio permanente de las experiencias que me hacen sentir bien y humano.

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